"El KENT me hizo tolerante"

Fernando Saavedra

Al igual que su hermano Marcelo, Fernando Saavedra fue parte del Kent desde primero de preparatoria hasta sexto humanidades. También su hermana Carmen pasó por las aulas del centro educacional de la familia Tarragó, pero su experiencia fue más breve porque el colegio tuvo unos pocos años de formación mixta. Fernando agrega que su madre fue la que decidió que ellos fueran parte del Kent porque “ella era docente de inglés y en un trabajo tuvo como compañero a Joe D´Jimino, profesor de inglés de la institución de los Tarragó, quien le recomendó dicha escuela”. Además expresa con orgullo haber sido parte de la primera publicación interna de la institución: La Voz del Kent.

¿Qué opina de su paso por el colegio?
Lo más positivo son las lecciones morales de Alejandro Tarragó y Vicente Mengod. Ellos siempre nos daban pautas de cómo conducirnos en escenarios complejos, difíciles y, esencialmente, fuera del colegio. Debo destacar que don Alejandro era muy estricto. Don Vicente era muy sereno y culto, hacía crítica literaria en El Mercurio. También estaba Alejandro Salvador Aznar, que era un hombre muy simpático, hacía matemáticas, era muy popular y vivió tres post guerras. Eso es lo principal que recuerdo del colegio.

¿Hay algún episodio que pueda graficar estas lecciones morales?
Mira, el episodio que más me marcó de las enseñanzas morales del señor Tarragó fue cuando él, en un invierno muy lluvioso, fue sala por sala preguntando si alguien tenía unas botas número 37 para poder drenar la cancha de fútbol que tenía unos 40 centímetros de agua. Cuando consiguió las botas de ese tamaño, él con un chuzo, delante de todos, excavó agujeros de drenaje en 10 puntos de la cancha, dándonos una lección moral de lo que vale el trabajo. Eso me marcó mucho. Como también el hecho de que la señora “Provi” iba personalmente a pie a la feria, a quince cuadras, y volvía cargada hasta las orejas, para preparar la comida de los internos que almorzaban en el colegio. Era algo sorprendente para nosotros.

¿Le gustaba que el colegio fuera solamente de hombres?
Me hubiese gustado que fuese mixto porque yo partí las preparatorias con esa modalidad, aunque eran muy pocas las mujeres por curso. Básicamente era porque don Alejandro Tarragó Borrás tenía a su hija menor, la Adelita, y quería avanzarla lo más que se pudiera antes de sacarla del Kent. Entonces cuando se va Adelita, don Alejandro decide cerrar la versión femenina.

¿Qué es lo más destacaría de esa etapa?
Mira en este ciclo, con otros compañeros de curso, hicimos una revista en el Kent. El señor Mengod, que era el maestro de literatura, nos dijo; “no le pongan Kentomanía, ni Kentilandia, pónganle, “Voz del Kent”. Se vendió por dos años, tenía auspicio comercial de las tiendas de los papás de los compañeros de curso y era un medio de cultura más que de “pelambreos” o “copucheos”. Duró 2 ó 3 años y se comercializaba exclusivamente dentro del colegio.

¿Por qué le interesó ser parte de este proyecto?
Porque no había nadie que asumiera las banderas de tener una publicación y a mí siempre me ha interesado la lectura y escribir pequeños artículos. Nos juntamos 4 ó 5 compañeros, entre los que estaban Jorge Stein y Álvaro Escobar (hijo de doña Guacolda, que era profesora nuestra y que todavía está viva, la cual debe tener unos 106 años), y lo desarrollamos bastante bien bajo la tutela del señor Mengod. Él era el que nos daba la línea editorial, las cosas que había que poner y las que no. Fue muy generoso, él creía en la juventud y eso nos animó.

¿Cómo era la forma de trabajar?
Nos juntábamos todas las semanas, hacíamos un comité editorial, reuníamos el material, agarrábamos tijera, recortábamos e íbamos armando. Creo que era bimensual y nosotros mismos la vendíamos a 200 ó 300 pesos. Nunca pusimos un discurso o una introducción de la autoridad, era una cosa de nosotros para nosotros pero en relación al colegio y a la sociedad que se vivía, que era una sociedad de tiempos de muchos cambios.

¿Qué profesores marcaron algo especial en usted?
El que más me marcó fue el profesor Joe D´Jimino. Él fue soldado en la Segunda Guerra Mundial y peleó bajo las órdenes del mariscal Montgomery en África. Nos relataba que un día lo pusieron a cuidar unos prisioneros italianos y él, que era un artista, se hace amigo de los italianos, canta con ellos y a la noche siguiente les dijo “ustedes no son mis prisioneros, son mis amigos, váyanse a la libertad”. Por esa acción, lo tienen 40 días bajo una casamata de zinc, a pan y agua, por no fusilarlos en tiempos de guerra. Pero la vida le da otra vuelta y treinta años más tarde cuando vuelve a Italia se encuentra con uno de esos prisioneros, en Terni, y se va a vivir con él. D´Jimino falleció de un cáncer renal hace 10 años. Tratamos de traerlo a Chile pero no se pudo. Joe nos enseñó inglés, Shakespeare, canto, las canciones de los afroamericanos, poesías y nos hizo ver un mundo muy diferente, que no era importante saberse la fecha de una la batalla, sino que entender el concepto. Él marcó más que nadie mi pasar por el Kent.

Aparte de él ¿Hay alguno más que le gustaría destacar?
Yo destacaría a don Vicente Mengod, por su bonhomía, por su rectitud y porque era una persona que creía mucho en la juventud. También a Margarita Oyonarte. Ella fue mi profesora en primero básico, está viva, un encanto de persona, amorosa, cariñosa y preocupada. Las dos hermanas Wyle: Sheyla y Nena, ambas muertas. Me acuerdo con mucho cariño de Rose Marie Gibbons, que nos hizo en segundo año de preparatoria. Además debo mencionar con mucho cariño a Leyla Gaybur que me hizo inglés en humanidades, y de un profesor de historia, Juan Sandoval, que era un hombre muy criterioso y abierto de mente.

En términos deportivos y culturales ¿Cuáles eran sus intereses?
Yo era el más malo del curso para el fútbol, pero igual lo practicaba. Se sorteaban los jugadores y yo era el último. Me interesaba más la parte cultural y la parte política. Yo agarré harta fuerza por lo político, me tocó vivir la etapa de las elecciones presidenciales de Frei Montalva, el ´64, el nacimiento de los movimientos populares, desarrollados, con opciones electorales y la verdad es que vivimos eso con mucha intensidad. En literatura me agarró toda la generación de esa época del realismo mágico con mucha fuerza, leía kilómetros de lectura y eso se los debo a mis profesores, que me hicieron agarrar el cariño por la lectura y por el arte.

Me habló del tema de política ¿El colegio tenía Centro de Alumnos en esa época?
No, no había, pero la dirección tenía la mayor amplitud para que los alumnos dialogaran temas políticos y religiosos. Había una tolerancia estupenda, compartían gente de origen árabe, palestinos sobretodo, judíos, franceses, italianos, alemanes y chilenos, y nunca hubo el más mínimo atisbo de apartar los grupos, de crear polos de influencia o desarrollar fricciones entre los grupos. En la post guerra se utilizaba mucho el conflicto judío-israelí-árabe, pero en mi colegio jamás hubo la más mínima manifestación de confrontación, éramos muy tolerantes porque el colegio nos hacía así.

¿Cuáles eran sus amigos?
Mi mejor amigo, hasta el día de hoy, es Jaime Grisanti. Él es de origen italiano, milanés. Aparte de él, también estuvieron sus dos hermanos. Fueron seleccionados de voleibol y muy icónicos por su participación deportiva. Organizaron el primer viaje de curso y fueron a Rapa Nui, en 1952, con la armada en barco. Con Jaime desarrollamos mucho cariño por el colegio, sentíamos mucha identidad.

Me puede explicar por qué los kentianos le tienen tanto cariño a su colegio y a sus ex compañeros?
Bueno, compartir la vida en que tú vas cambiando de niño a adolescente te crea una unión tan fuerte que es imborrable. De hecho nosotros estamos celebramos el 28 de noviembre, en la casa de Luis Ventura, los 50 años de egreso. Entonces periódicamente nos reunimos y nuestro interés es hacer un galvano con los 20 profesores que más recordamos.

Si pudiera revivir su etapa escolar, ¿Qué instancia o momento resucitaría?
Cuando aprendíamos Shakespeare con Joe D´Jimino, nos enseñaba a declamar y a caracterizarnos, no con ropajes, sino con actitudes corporales de hacer los personajes de Shakespeare. Entonces eso se marca mucho, te deja una huella muy profunda.

¿Qué le pareció la educación que tuvo en el colegio?
Excelente, bajo todo punto de vista. La verdad es que yo salí de quince años y de puro bruto no postulé a tiempo, se me pasó la fecha y me quedé un año sin hacer nada. Me dediqué a ir a exposiciones, a museos y ahí me di cuenta de lo mucho que me habían enseñado. Di bachillerato y me aceptaron en tres universidades: en la U. de Chile, en la Católica y en la de Concepción. Me fui a la U de Chile. Pero me quedé con la idea de que la formación que me dio el Kent fue muy buena. Además yo tengo facilidad para los idiomas, con tres años de francés en el colegio yo he estado en París tres veces y no he tenido ningún problema para entenderme con todos ellos. En relación al inglés, éste era de lujo. Teníamos un profesor británico, Joe D´Jimino, que tenía mucha capacidad didáctica, nos enseñó muy bien.

Guillermo Calabi, compañero suyo, destacaba la disciplina, la calidad en la educación y la cercanía ¿Hay algún tópico más que desee subrayar?
Sí, el carácter laico, tolerante y amplio que nos supieron dar desde el director hasta el último encargado. Siempre se escuchaba al que había que escuchar, siempre se respetaba al judío, al árabe, al chino, al que fuera, nos crearon valores.

Medicina con contenido social
Desde 1978 que Fernando trabaja en el Hospital San Juan de Dios, al cual llegó cuando cursó una beca en ginecología obstetricia en la Universidad de Chile. Además desempeñó labores como médico general de zona en Casablanca, lo que matizó con la práctica de la docencia en la Universidad de Chile e investigaciones oncológicas. En sus más de 41 años de experiencia como médico cirujano, siendo especialista en cáncer ginecológico, es una voz autorizada para explicar la evolución de la relación entre el paciente y el médico. Fernando agrega que “mi vida universitaria estuvo marcada por los grandes cambios sociales y políticos que se vivieron en el país”. Finalmente puntualiza que tuvo el honor de haber sido compañero de curso, además de ser amigo, del actual rector de la Universidad de Chile, Ennio Vivaldi.

Me imagino que cuando usted ingresa a estudiar a la universidad se vivió un ambiente muy diferente al que salió ¿Cómo pudo manejar ese escenario que se vivió en la Universidad de Chile?
Mira el primer año, a mí me tocó ser el encargado de la parte cultural e hice muchas exposiciones, fotografías, pinturas y anduve bien. Pero desgraciadamente vino la reforma universitaria y cambió la forma de generar las autoridades, de participación de los alumnos, incluso había participación de trabajadores. Echamos a nuestras autoridades, al decano Amador Neghme, se impuso la reforma porque en París la Revolución de Mayo había creado una inquietud universal, que derribó al gobierno De Gaulle y ya nadie se conformaba con esta cosa de estar calladitos en la universidad. Entonces la reforma fue un proceso muy político y muy fuerte que nos marcó dentro de la universidad. Al final todo quedó superado por el golpe de estado, que selló el resto del pasar por la universidad, cuando estaba terminando la carrera. Yo felizmente nunca me metí en líos, nunca estuve preso, nunca tuve ninguna dificultad política ni jurídica, pero vi sufrir bastante a mucha gente.

¿Cómo podría resumir su experiencia en la medicina?
La carrera ha sido una maravilla, me ha dado todo lo que yo he pedido y he tratado de no metalizarme. Los médicos se metalizan a muy poco andar, terminan haciendo todo por cálculo económico. Yo tengo un profundo contenido social de la medicina y lo he manifestado en todas partes. Hace un mes atrás hicimos un viaje con un grupo de ex compañeros de la universidad a Rapa Nui y allí fui atender gratis, y calladito, a todas las pascuenses que tenían papanicolau alterado. Así debe ser, ése es mi concepto del aporte social. Además colaboro en tres proyectos: uno a nombre de mi cuñada, que murió de cáncer de mama, que es un fondo para que puedan estudiar jóvenes de escasos recursos de la octava región. Ya hemos formado a 4 chiquillos. Un segundo fondo es para los alumnos de la escuela de medicina de la Chile que no pueden seguir en la carrera por falta de plata. Ya tenemos tres que han egresado y hay otros cuatros que están peleando por salir. Por último, estamos haciendo aportes para otras diversas instituciones, charlas y gremios. Siempre tiene que haber un contenido social de lo que tú sabes o que puedas hacer.

Me comentó que ha practicado la docencia ¿Cuánto tiempo lleva en esa área?
Unos 25 años. Yo hago bioética y cáncer ginecológico a alumnos de medicina de la Chile. El sueldo es rasca, me pagan la quinta parte que en una privada, pero el orgullo es enorme.

¿Cómo ve el tema de la salud en nuestro país?
Mira, la salud pública está en crisis los últimos 70 años en Chile, pero se han hecho enormes esfuerzos con el plan auge, con la preferencia a la atención primaria, con la inversión en prevención de salud, en vacunas, etc. Las cifras duras demuestran que el alza de los medidores de calidad de salud en Chile en los últimos 50 años es notable y nos pone en una clara posición de privilegio en el escenario latinoamericano. Es verdad que hay muchas áreas críticas en la salud pero no hay nada que no se pueda resolver. La tendencia mundial es a la privatización y eso es un error. Yo creo en la salud pública, yo nunca he ido a una huelga y he trabajado como lo he hecho en los últimos 42 años. Entonces eso va dejando huella en un alumno, en un becado, en un interno, que no por “lucas” más o menos uno va a dejar de atender a un paciente. Yo veo la salud pública chilena con dificultades pero nada que sea insubsanable. Lo que se debe hacer es articular la pública con la privada, hay que hacer una mixtura.

¿Ha cambiado mucho la relación entre el médico y el paciente desde que usted comenzó en esta profesión?
Sí, el paciente hace 40 años era sumiso, callado y no osaba abrir la boca. Ahora son pacientes que si uno no los saluda de beso en lado y lado, te van a denunciar porque eres un canalla. Es difícil trabajar en ese ámbito, hay que mostrar mucha más actitud, más empatía, y la medicina de hoy no muestra ni actitud ni empatía. Hay un juicio crítico de la calidad de la salud que se ha ido exacerbando por una cosa política. Se le han dado muchos derechos y pocos deberes a los pacientes, y se le han ido restando derechos a los médicos, a los paramédicos y profesionales de la salud, con una actitud que nos va a llevar a una situación muy compleja en que el paciente se va a sentir dueño del proceso, y no hay dueño del proceso, no es ni de los médicos ni de los pacientes, es la interacción entre ambos. Entonces cuesta mucho enseñarle eso al médico nuevo, de que no menosprecie, pero que tampoco acepte que el paciente haga lo que quiera.

Usted también ha desarrollado la investigación
Sí. A mí me contagió mi padre, Raúl Saavedra, que fue especialista y pionero en cáncer ginecológico. Él me instó a publicar resultados en dicha área, de todas las localizaciones de cáncer ginecológico: cuello, vulva, vagina, trompa y ovario. He publicado mis investigaciones en la revista de la Federación Internacional de Ginecología (FIGO). Entonces yo tenía la idea que uno publicaba deportivamente y no lo leía nadie, pero ocurre que en Europa te leen los trabajos. Por eso el presidente de la FIGO de ese entonces, Sergio Pecorelli, me invitó en 1999 a unos congresos en Europa, con todo pagado, por mi trabajo de investigación.

¿Qué mensaje le puede dar a la comunidad kentiana?
Que hay que mantener la tradición de unirse con el establecimiento y sus autoridades, porque es un colegio que por 50 ó 60 años ha sabido dejar una huella muy profunda en la educación privada chilena y que está constituido por seres que saben cómo administrar los contenidos valóricos, los contenidos académicos y la formación de un ser humano por un talento que no he visto en otros colegios. Yo creo que es muy importante que todos los cursos tengan algunos elementos que los unan al Kent.

  • Fernando Saavedra
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